Un buscador de la verdad encontró por fin a un hombre santo, prestigioso Maestro y anciano Abad de un monasterio budista, y solicitó que lo aceptara como discípulo, pues deseaba impregnarse de su sabiduría y aprender la vía de la liberación.
Doce años después de ingresar en el Monasterio, el discípulo, que ya se había convertido en uno de los monjes más veteranos, fue requerido por el anciano Maestro para que se presentara en sus aposentos, y una vez allí, le dijo: Ha llegado el momento de comprobar tu grado de conocimiento y comprensión de las doctrinas del Buda, escribe todo lo que has aprendido y cuando lo tengas redactado, tráemelo para que yo lo examine.
El discípulo se retiró a su celda y comenzó a escribir. Un año más tarde, se presentó en los aposentos del anciano Maestro, se inclino en humilde reverencia ante él, y ofreciéndole un grueso legajo de papeles atados, le dijo: “He trabajado duramente para cumplir su encargo, y aunque dista mucho de estar completo, aquí se lo traigo para que lo examine”.
El anciano Maestro leyó la obra —muchos miles de palabras— y luego le dijo al monje: “Está admirablemente razonado y claramente expuesto, pero es demasiado largo. Trata de acortarlo y resumirlo un poco”.
Siguiendo las instrucciones del anciano Maestro, el monje se retiró y, cinco años más tarde, volvió con solamente cien páginas.
El anciano Maestro sonrió, y después de haberlas leído le dijo: “Ahora te estás aproximando verdaderamente al corazón de la cuestión. Tus pensamientos tienen claridad y fuerza. Pero aún es un poco largo, intenta condensarlo, hijo mío”.
El monje se retiró a su celda muy triste, porque durante los últimos cinco años había trabajado duramente para alcanzar la esencia de la doctrina. Pero no tuvo más remedio que volver a reconcentrarse en la ardua tarea. Volvió a cabo de diez años, e inclinándose ante el Maestro le ofreció tan sólo cinco páginas, y dijo: “Este es el núcleo de mi fe, el centro de mi vida, y pido sus bendiciones, venerable Maestro, por habérmelo enseñado”.
El anciano Maestro, leyó el último trabajo del monje lenta y cuidadosamente, y luego le dijo: “Es verdaderamente maravilloso, en su profunda simplicidad y belleza; pero aún no es perfecto. Intenta alcanzar una mayor clarificación y tráeme mañana mismo la conclusión definitiva”.
Lleno de amargura y desesperación, el monje regresó a su celda y pasó toda la noche en vela, exprimiéndose los sesos para intentar alcanzar una clarificación definitiva.
A la mañana siguiente, el monje se presentó de nuevo ante el anciano Maestro, se inclinó ante él en humilde y devota reverencia, y le ofreció una sola hoja de papel en la que no había nada escrito…una hoja completamente en blanco…
Entonces el anciano y sabio Maestro posó sus manos suavemente sobre la cabeza del monje, y otorgándole sus bendiciones, le dijo: “Ahora… ahora has comprendido”.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada